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El arte de moldear el destino: del tejido de Carapeguá al barro de Messi

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Una aguja que pincha la carne noche tras noche es el precio que un chico de Rosario paga para poder crecer. A los 9 años, a Lionel Messi le diagnosticaron un déficit de la hormona de crecimiento (GHD), una condición médica que frena el desarrollo óseo y físico, y cuyo tratamiento requería la administración diaria de inyecciones de somatotropina sintética. En una Argentina sumergida en la crisis de finales de los noventa, donde los clubes locales no pudieron afrontar el costo de la terapia —estimado en unos 900 dólares mensuales—, aquella realidad le dio la espalda a ese niño que nadie imaginaba cuál sería su destino. Esto obligó a que ese nene, de tan solo trece años, armara las valijas y buscara su destino en Barcelona, cruzando el océano para sanar el cuerpo y edificar su historia.

Sería el Fútbol Club Barcelona el que asumiría el compromiso de financiar la totalidad del tratamiento médico integral para que el pequeño completara su etapa de desarrollo biológico. Nadie es profeta en su propia tierra, dicen. El futuro rey del fútbol tuvo que florecer lejos de casa, bajo un cielo prestado, soportando el desarraigo y la mirada de quienes lo veían como un extraño.  

Sé bien lo que se siente moldear el destino a fuerza de resistencia en un suelo ajeno. Vengo de Carapeguá, un rincón de Paraguay donde somos artesanos y el pueblo vive del tejido. De ahí, de ese lugar donde pasé horas interminables hilando hamacas a mano con un solo objetivo: juntar cada guaraní para pagarme el pasaje que me llevaría a Buenos Aires. En mi historia personal conozco lo que significa ser un hijo adoptado; por eso entiendo el valor de los lazos que se eligen con el corazón.

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De la misma manera me recibió la Argentina. Dejé atrás la tierra colorada, me bajé en la gran ciudad y empecé desde el absoluto cero. Mi primer escalón fue lavar copas en bachas que parecían no tener fin. Aun cuando logré ingresar a la universidad pública —esa que abraza al inmigrante sin distinciones y me da las herramientas para aprender este oficio— tuve que seguir rebuscándome para ganarme la vida. Pedaleé repartiendo comida, vendí chipas en la villa y junté latitas de cerveza afuera de las canchas. Remé cada día porque mi horizonte era claro.  

En ese camino hubo voces que intentaron ponerme un techo por mi origen. Recuerdo un día en el buffet de la universidad cuando un compañero me dijo:

—Mirá, Rubén, vos sos muy paraguayo para esto. Acá el periodismo es otra cosa. No creo que puedas.

Me quedé en silencio unos segundos y después respondí:

—Justamente porque soy paraguayo voy a poder. Vengo de un pueblo que hila desde antes que vos nacieras.

Hay gente que me dijo muchas veces que no iba a poder, que no lograría ser periodista. Me subestimaron y me discriminaron por mi origen. Sin embargo, este país también me abrió puertas, me dio amistades y me trató como a un igual. Gracias a la educación pública hoy puedo sentarme a escribir esta crónica. Ese es mi verdadero triunfo y mi superación.  

En mi sangre corre el orgullo guaraní y carapegueño, pero en mis venas también late el color celeste y blanco. Siempre voy a alentar a la Argentina porque quiero con toda mi alma que gane, ya que mi vida la construí en este suelo. Cada 3 de noviembre, al cumplir años, celebro esa doble identidad con orgullo y agradecimiento.

Por eso, cuando veo a Messi, no veo los trofeos. Veo al artesano que también moldeó su futuro con paciencia infinita cuando todo parecía imposible en su propio país. Veo al tipo que vino de abajo, que la peleó y que la venció con garras. Sé que no lo hizo solo: sus padres siempre estuvieron con él. De ahí nace mi admiración, no del triunfo final, sino del ejemplo de su lucha constante.  

Hoy la burocracia me niega una visa para estar en la tribuna de Estados Unidos, pero un papel no va a frenar mis palabras. Mi voz no necesita pasaporte. Nace entre hilos y hamacas en Carapeguá, se acuna en la adopción, se curte en las bachas y las calles porteñas, desafía a quienes dudan de mí por mi origen y crece en las aulas públicas.

Mi voz cruza fronteras con la fuerza de un chamamé, ese mismo con el que festejo junto a mis hermanos argentinos cada victoria. Porque al final, nuestras historias se cantan con la misma fuerza: la de quienes luchan, la de quienes no se rinden.  

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